Los reyes del reciclaje

"El pasado es un prólogo". William Shakespeare.
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2.04.2012

Siete días, un mundo

Apuntes en un tren...

Hay pocas personas que no encuentren los cambios excitantes, para bien o para mal. La ruptura del orden establecido, de la rutina, siempre supone una catarsis. Depende de muchas variables: hábitos, expectativas, esperanzas, valentía... O todo lo contrario. El sedentarismo y la adaptación a un lugar siempre contribuyen a pensarse mejor los cambios, a temerlos. No por cobardía o falta de espíritu aventurero sino por fidelidad y comodidad. A nadie le gusta cambiar algo que está bien. Que funciona.

En el tren de vuelta a Madrid desde Salamanca, un manto blanco cubre todo el paisaje y la profunda niebla se funde, a pocos metros de la ventana, con la espesa nieve. Viajamos a ciegas a través del frío. Una bala en la estepa castellana. Cero grados en el termómetro informativo del interior del vagón. Pueblos y pedanías van quedando atrás. Aparecen y desaparecen fantasmagóricamente. Se repiten en su fisonomía: casa bajas, bloques de apartamentos que ascienden cinco pisos como máximo, campanarios sobresalientes, vecinos solo reconocibles por los ojos que escapan de las bufandas y gorros... Gente sobria, callada, noble y humilde. Habitantes del frío, curtidos y silenciosos.
El mal tiempo y el frío son intensos. Tanto que esa sensación se transmite al interior del tren. A su apetecible y acogedora temperatura. Rocas, árboles y arbustos luchan por mantenerse a flote. Por no quedar sumergidos. Por no desaparecer bajo la nieve.

Hoy es 16 de enero y todo es nuevo e incomprensible para mí. Lo único reconocible es la amabilidad de la señora que está sentada a mi lado y cuyo perfume, almizclado, dulce y agobiante, me aborda sin compasión.

A pesar de no reconocer nada, desde la higiene del transporte público hasta su sepulcral silencio, esta mujer me brinda su amabilidad castellana sin tapujos. Cual dependienta mulata ofrece sus productos en los mercados informales caraqueños.

Todo es al revés aquí. El frío retrae a la gente. A su estado de ánimo. Nada de griterío ni salsa en el metro o el autobús. Nada de vehículos de los años 70 ni de belleza y sexualidad en cada gesto, cada mirada o cada respuesta. Nada de olor a perros calientes, hamburguesas y basura. Nada de alegre desorden.

Solo crisis y más crisis. Recortes y asfixia. Pérdida de valores y respeto. Frío y soledad. Silencio y tristeza. Carencia de futuro, rabia y frustración. Gente fiel y buena amiga, comprensible y de paciencia infinita. Orden en el tráfico y en el metro. Mercados con tantos productos que me sobrepasan. Lenguaje agresivo y fuerte cargado de “ces” y “zetas”. Gasolina a precio de oro. Políticos aburridos y música aún más aburrida. Playas a 600 kilómetros y frío, mucho frío.

Siete días hace ya que salí de Venezuela. Siete días menos para regresar. Un mundo.

9.15.2011

Santos y santeros

Es muy habitual cruzarte en esta ciudad con los llamados santeros. Si les soy sincero nunca he sabido exactamente a qué se dedica esta gente. No soy una persona muy creyente y, si lo fuese, dudo mucho que mi fe eligiese a gente que se combulsiona y entra en estado de éxtasis de forma aleatoria y espectacular.

Aún así, este tipo de creencias están muy arraigadas en esta parte del mundo. Cuanto más sales de las grandes ciudades más influencia tienen. Claro está que la gran mezcla en el subcontinente no solo fue de razas y las creencias y cultos que trajeron los esclavos africanos aún persisten en partes de la sociedad. Distintas de las indígenas claro está. 

No es ya la querida "Pachamama" (madre tierra) con la que el presidente boliviano Evo Morales se llena la boca sin parar. En Venezuela, escuchar a su presidente hablar de respeto a la gran deidad andina sería un insulto con el precio irrisorio que se paga por la energía, por supuesto no renovable, y por la nula existencia de cualquier tipo de plan serio y creíble de aplicación, no ya de energías limpias, sino de respeto al medio ambiente. La agujereada franja del Orinoco, o el contaminado lago de Maracaibo lo atestiguan.

No, en este país se habla más de "Yemayá", la madre de todos los "orishá". Creencia de origen africano muy arraigada en el Caribe. Como decía, es normal cruzarse por la calle a sus seguidores vestidos totalemente de blanco. A ellos acude la gente, incluso antes que a los médicos o la policía, en busca de todo tipo de ayuda.

Para mí este tipo de creencia siempre ha sido algo lejano. Algo oscuro relacionado con sacrificios de animales, muñecos atravesados por alfileres, gente gritando, dando vueltas o escupiendo alcohol. Todo lo que sabía de esta religión me había llegado a través de películas o de libros que ya ni recuerdo.

Todo eso cambió hace unos días. Ya llevaba tiempo que por las noches oía gritos provenientes de algún edificio cercano. Esa noche, gracias a la sobredosis de cafeína ingerida durante la cena no podía dormir, cuando de nuevo, sobre las cinco de la mañana, los escuché: "¡Saaaaaanto, saaaaaaanto!", seguido de un "¡danos tu amor y poder!". Me asomé a la ventana y en el edificio de enfrente, ahí estaban, dos hombres y una mujer semidesnudos gritando.

Debo de admitir que la imagen era impactante. Daban vueltas y alzaban los brazos al aire. ""¡Señor todopoderosooooo, tú eres saaaaaaaaaaanto!", clamaban con cierto ritmo musical. Atrapado por mi alma fisgona apenas me percaté de una cuarta que apareció por la izquierda del gran ventanal enrejado. Los otros tres se giraron hacia él. "¡Señoooooooooooor yo quiero veeeeeeeeeeeeeerteeeeeeee!", se desgañitaban mientras adoraban la caja de whisky que levantaba hacia el cielo.  ¡Aleluya!

8.31.2011

Colombia - Venezuela

Escrito en la terminal de autobuses de Maracaibo en Venezuela...

El aspecto de todo cambia radicalmente cuando la luz del sol aparece. Lo feo puede parecer horroroso. Lo horroroso cambiar, aunque a veces parezca imposible, a bello, y lo bello transformarse en todo lo contrario. 

El caso en Maicao es clásico: el sol purifica. Los escasos cinco minutos del hotel donde pasé la noche al terminal se han convertido en un continuo trasiego de todo tipo de vehículos con ruedas. Nada que ver con la tensión de recorrer solo la misma distancia la noche anterior en busca de la posada tras las advertencias de mis compañeros de viaje y los guardias del terminal.
Frontera en Paraguachón. Reportero 24.
Los acompañantes en el viaje de vuelta también cambian. Me uno a dos mujeres mayores y dos hombres. De regreso sí somos cinco pasajeros. Ninguno tiene problemas con sus documentos. El transporte varía, pero poco. Otra marca de carro pero también un modelo estadounidense de los setenta, con los mismos asientos de moqueta, la misma terrible amortiguación y, por supuesto, sin aire acondicionado.

Lo que sí cambia es la percepción de, en este caso, todo lo no visto la noche anterior. Vacas y cabras pastan cerca de la carretera e incluso se cruzan sin ningún tipo de cuidado. No hay patrullas de la policía estatal y las alcabalas de la Guardia Nacional Bolivariana apenas molestan. Si acaso para comprobar que todos tenemos los documentos de identidad. El sol descarga fuego sobre la Guajira venezolana.

Aún así, una de las mujeres se queja de que, a pesar de tantos puestos de control, "siguen secuestrando igual". "Y con el contrabando de gasolina", añade la otra, sentada a mi lado en la parte de atrás.

Este último es uno de los grandes problemas en las zonas fronteriza venezolanas. Más de dos millones de litros de carburante se filtran todos los días por la permeable frontera venezolana en dirección a Colombia, Guayana, las antillas caribeñas y Brasil. 

Poco antes del punto fronterizo colombiano de Paraguachón, decenas de personas ofrecen gasolina a precios más bajos de los que encontrarás en Colombia. Todo el mundo sabe por qué aquí el combustible es más barato. En el estado Táchira, vecino del sur del estado Zulia, lugar por donde he salido, fronterizo y también en manos de la oposición chavista, han llegado a incorporar obligatoriamente chips a los carros para controlar su frecuencia de repostaje. No de cuántos litros, ya que simplemente se llena debido a que el precio es tal que la mayoría de las veces la propina supera al coste total del combustible.

Pero eso es otra historia. Como esta. Siempre es más divertido escribir sobre lo que pasa por las noches... Una vez que ya se ha hecho de día.

P.D. Para entender esta entrada en su totalidad debería de leer su primer parte Venezuela - Colombia.

8.29.2011

Venezuela - Colombia

Escrito en una habitación en la frontera...

Una vez más me he enfrentado al tedioso trámite de salir del país para renovar los tres meses de visa que te otorgan al entrar por vía aérea en Venezuela. Una vez arribado a Maracaibo, capital del estado Zulia, al noroeste del país y fronteriza con Colombia, tomé un carro por puesto para cubrir la distancia entre esta ciudad y Maicao, primera muestra seria de civilización en el país vecino.

Voy en un Chrisler blanco de los setenta a 120 kilómetros por hora por una carretera llena de huecos. El chófer es un tipo gordo y bajito, resultado de la mezcla de razas que ha habido en esta parte del mundo desde que Colón la descubrió para occidente. Su color oscila entre el marrón mulato y el amarillo oscuro. Es estrábico, con la nariz negroide y tiene el cabello totalmente blanco.

Y por supuesto tiene toda la 'paciencia' de los caribeños. Característica que se acentúa en esta parte del país debido al terrible calor que hace a todas horas. No se preocupa porque hayamos tenido que esperar durante dos horas y media al último pasajero de los cuatro que va a transportar al otro lado de la frontera. Hay uno más, pero se ha tenido que bajar porque no tiene papeles.

Somos un indio guajiro, un colombiano que regresa a su país tras trabajar unos meses en Venezuela, un padre que va a visitar a su hijo a Barranquilla, con 60 kilos de chorizos ahumados a dejar por encargo en Maicao, y yo.

El precio por la travesía de ocho de la noche a una de la madrugada son 120 bolívares fuertes por cabeza por cubrir esos 170 kilómetros llenos de alcabalas de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), de la policía del estado y de ranchos guajiros.

Los primeros kilómetros son tranquilos. Hasta llegar al primer puesto de control de la policía estatal. 'Linternazo' a la cara y petición de documentos. Son 150 bolívares por no registrar el vehículo. "Hijos de la gran puta", exclama el chófer. Pero no se queja mucho más. "Tengo antecedentes por trata de blancas", informa sin ningún pudor. "Me agarraron hace tiempo en una camioneta con nueve mujeres sin documentos", confiesa tranquilamente, pega otra calada al cigarrillo, escupe por la ventana y continúa "un sargento coño de su madre. Un compadre de Valledupar se raspó a su mujer y la pagó conmigo".

Y es que 34 años cubriendo la misma ruta dan para mucho. Entre ellas, conocer a todos los policías y guardias nacionales de las cerca de docena de alcabalas que pasamos en el lado venezolano.

Las más tétricas e inquietantes son las situadas por la GNB. Señaladas con una pequeña hilera de hogueras dentro de botecitos y custodiadas por hombres muy jóvenes con un fusil al hombro, paran a todos los camiones y, aleatoriamente, a algunos carros. "¿Cómo estás?" o "¡qué ganas de acostarme!", son las maneras que tiene nuestro conductor de evitar ser parado. Aún así, no lo consigue en las tres más grandes: en el puente sobre el río Limón, en la localidad de Guarero y en la misma frontera.

En la primera, varios camiones están parados en el arcén. Están siendo revisados. De ellos salen militares con la 'vacuna', el soborno necesario para que los dejen pasar sin muchos problemas.

En la segunda, en Guarero, mi pasaporte levanta revuelo, la puerta se abre y un militar me increpa:
- "Primera vez que va a Colombia".
- "Sí".
- "¿A qué se dedica?"
- "Periodista".
Aquí es cuando se le sube a la cabeza una mezcla de odio y miedo. La voz se endurece:
- "¿De qué medio?"
- "Ninguno. Trabajo por libre"
- "¿A dónde va en Colombia?"
- "A Maicao".
- "¿Por qué?"
- "Quiero visitar la mezquita".
- "¿Lleva cámara?"
- "No".
'Linternazo', revisión del equipaje y devolución del pasaporte. Ni buenas noches ni gracias. Tampoco deben de esperarse de un cuerpo nutrido básicamente de gente con poca educación, que gana poco y que se dedica sistemáticamente a engrosar su pobre sueldo aceptando descaradamente sobornos por mirar para otro lado en cuanto a contrabando.

El tercero y último, en la frontera, es clásico entre toda la gente que transporta más de lo debido. En este caso, chorizo ahumado. Mientras sello mi visa a las 23:50 horas. El chofer sale a hablar con el guardia. "Dame 30 ahí", le pide al dueño del embutido.

Una vez ya en Colombia el de los ahimados estalla: "¿Es que no va a cambiar nunca esta verga?". "¿Nunca va a cambiar que siempre haya que pagarles a estos hijos de puta por todo? ¡Ya todo el mundo lo sabe y nadie hace nada!", añade resignado.

Pero ya comenté que la policía no se queda corta. Suele 'cobrar' más en efectivo, que en 'especias', es decir, mercancía transportada. Al caso del primer control, al inicio del viaje, se suma otro, en una garita donde se tiene que pagar, sí pagar, un tributo oficial (78 bolívares) por abandonar el país. "Toma 50 ahí", le grita el chofer al joven policía, que quiere más por dejarnos pasar. "Me vas a hacer que viaje solo por aquí. Como me jodan me vas a oír", explota enfurecido.

Y es que esta zona del país es territorio de los indios guajiros. "Muy peligrosa", dice el de los ahumados. "Una vez viajé por acá de madrugada con un guajiro y no jodas, nos tiraron piedras y nos dispararon", cuenta. "Menos mal que no se paró a revisar el carro", recuerda.

Este es el motivo por el que viajamos con otro coche, o mejor aún, con otra furgoneta, delante. Si se para, nos paramos. Si se desvía, esperamos a otro. "A mí me han echado plomo varias veces. No hay que pasar por acá solo y de noche", confirma el chofer.

Al pasar al lado colombiano al menos los cuerpos de seguridad no intimidan tanto. "¿Qué hacen viajando a estas horas?, ¿están locos?", nos recrimina el empleado del DAS colombiano. La cosa mejora al enseñarle mi pasaporte. "Lo único que va a conseguir enseñando este pasaporte por aquí es que lo secuestren", me increpa. Lo siento, me da por reír ante su cara de incredulidad.

Unos 20 minutos después, sobre las dos de la madrugada, estaba en un fantasmagórico hotel de carretera escribiendo.

P.D.: Disculpen la falta de fotos originales. Por la noche es difícil si no se cuenta con material y seguridad de primera.

8.04.2011

Altura

Hace ya un tiempo que me siento incómodo con mi altura. Más o menos desde que comencé a usar los medios de transporte de forma regular. No es que toda mi vida haya ido caminando a todas partes ni, desgraciadamente, podido usar a mi padre de chofer todo lo que hubiese deseado, sino que, desde hace unos años, mi relación con aviones, trenes, autobusés y demás transportes, sobre todo para cubrir largas distancias, ha aumentado.

Ya sé que puedo sonar burgués, resultado de excesivo cuidado familiar o maleducado, pero cualquier persona que vea el mundo elevado sobre cerca de 190 centímetros entenderá perfectamente a que me refiero: la imposibilidad de acomodarse de forma natural en cualquier asiento de, por supuesto, clase turista, económica o como quieran llamarlo, de esos transportes.

No siempre fue así. Como cualquier niño también quise ver qué había encima del frigorífico de la cocina, descubrir de una vez de qué color era la barra de la taberna de mi abuelo, alcanzar finalmente a tocar con la punta de los dedos el aro de la canasta, o que las personas mayores me pidiesen amablemente que "les alcanzara" aquel bote de guisantes de lo más alto de la más alta de las estanterías del supermercado.

Y es curioso, porque unido a mi esfuerzo por ser cada vez más alto y estar cada vez más cerca del ansiado anillo anaranjado, algo dentro de mí comenzaba a darse cuenta de la incomodiad de la altura: los viajes con el equipo de baloncesto en los que cada uno de nosotros necesitaba dos butacas. De no ser el caso, un bosque de piernas aparecían cual postes de teléfonos sobrepasando los desgastados respaldos de los asientos del bus. Aún con dos sillones, los pies se asomaban hacia el pasillo con solo ponernos un poquito de lado.

¡Y cómo no hablar de los aviones! Hace tiempo que quedaron atrás las burlas a los compañeros de curso cuyas piernas, al sentarse al inicio de la clase, oscilaban como péndulos debido a su baja estatura. Ni que decir tiene si tú ya habías pegado "el estirón". ¡Qué envidia ahora la de esos pasajeros perfectamernte acoplados a la altura y estrechez de los asientos! ¡Qué dicha no tener que sufrir porque te toque en la ventana, atrapado entre la pared del avión y el vecino de viaje, en lugar del pasillo, minúsculo espacio para el esparcimiento en esta situación de tan  inútiles extremidades!

Este tipo de reflexión se me ocurrió hace unas semanas de camino a Tucupita, capital del estado Delta Amacuro. A pesar de ostentar el título de capital, es una ciudad pequeña que vive básicamente de la cría de ganado, todo tipo de contrabando y del turismo que viaja hasta allí para disfrutar del espectacular Delta del río Orinoco. 

Tucupita no cuenta con aeropuerto (sí, a pesar de ser capital) así que mis compañeros de viaje y yo tuvimos que desplazarnos hasta allí en la única línea directa que hay desde Caracas y que tarda, ni más ni menos que  12 horas en cubrir la distancia. 

¡Échese a dormir dirán ustedes! Y se intenta. Bajo las dos capas de ropa, la manta y la gorra bien calada que apenas deja ver la cifra del termómetro del interior del autobús: 18 grados centígrados. Que paulatinamente bajan a 15 durante las 12 horas y que provocan que las ventanas del vehículo se empañen debido a la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior. "No se puede bajar que se estropea", se defiende el conductor.

Así que mis malos pensamientos sobre mi altura se han multiplicado desde que regresé a Venezuela. No ya por las nueve horas de avión para llegar desde España. No por la inseguridad, la conducción temeraria o la super inflacción. Tampoco por el metro atestado sin aire acondicionado ni por el machismo de las venezolanas. Es que ahora, además de no saber donde poner las piernas, ¡se me hiela el culo!

6.13.2011

Mañanas

Levantarse sobre las ocho, abrirle la puerta a Luc, desayunar lo que encuentre en la nevera, leer los principales periódicos por internet: generalistas, deportivos, económicos; volver a dormir, despertarse a cualquier hora por culpa de los mosquitos, los zancudos, los llantos del bebé del vecino o la manifestación de turno en la avenida Francisco de Miranda, releer la prensa electrónica, revisar el correo en busca de alguna posibilidad, borrar basura electrónica,chatear con la familia y con los amigos, ver algún capitulo de cualquier serie, desquiciarse con la blackberry, escribir algo en el blog, o no, dar vueltas en la cama, fumar un cigarro, otro y otro, visitar los portales de empleo en busca de oportunidades por otra vía, desesperarse, darse una baño y salir a la calle a comprar, a pasear, a sudar, a mirar, a beber, a buscar una historia que contar.

6.09.2011

El regreso

Casi dos semanas hace ya que abandoné la enferma España para venir a buscarme la vida, de nuevo, a Venezuela. Tiempo después de la incredulidad, asombro y dolor por parter de los de allá y alegría, calidez y bienvenida por parte de los de acá, decir que todo apenas ha cambiado. Cierto es que hace poco más de medio año que me fui a España por motivos familiares y cansado de no encontrar nada en Caracas, pero también es verdad que poco tiempo hizo falta para ver que la situación en nuestro querido país está estancada y sin visos de cambiar. 

Como uno de los salpicado por la crisis y el desempleo veo con alegria las movilizaciones sociales de la gente joven, y no tanto, en las principales ciudades. Las acampadas en lugares emblemáticos y las buenas intenciones que emanan  de estas. Con tristeza sigo también las cargas policiales y la toma de posesión de sus cargos por políticos acusados en algunas de las "Gürtel" o "Palma Arena" de turno. Al presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, personaje que vive en su propio mundo gracias a la legitimización que le dan las urnas, bromeando con sus consejeros mientras en la misma puerta de Les Corts un grupo de protesta recibe golpes por el estado de las cosas.

En este sentido, aquí en Caracas no hubieron protestas o no se les dio cobertura mediática. El otro día un venezolano me comentaba en la interminable cola del banco que la gente de este país "ha perdido la capacidad para protestar", debido a tanta marcha espontánea o convocada por unos y la correspondiente contramarcha de los otros.

Pocos cambios políticos también aquí. Me cuentan los amigos que la pérdida de la mayoría chavista en la asamblea nacional solo ha derivado en más debate y menos legislación. Como ven, sea más o menos desarrollado un país todo se enfanga en estos días en la dialéctica política. Da igual el descontento social, los gobernantes continúan de espaldas a la realidad a pesar de las clamorosas muestras de malestar por parte de la mayoría de los ciudadanos. 

En Venezuela, tanta manifestación ha conseguido que un arma con tanto poder como la salida en masa de la gente a la calle para protestar haya perdido efecto. En España, su poco uso y la tremenda carga ideológica de las convocadas en los últimos meses ha provocado el rechazo de gran parte de la gente y, posiblemente, una manera de ponerles fin inadecuada y que perjudica a todos.

Lo más triste de todo es ver a toda esa gente bien preparada y con ganas de trabajar, leer sus pancartas en las plazas, escuchar su desilusión y ver cómo se está perdiendo el futuro del país mientras los que tienen que dirigirlo gastan bromas en los hemicíclos. Al menos, en Venezuela, hace tiempo que Hugo Chávez ya no canta en él como solía.

6.29.2010

Verduras bolivarianas

La diversidad de alimentos que produce la tierra a este lado del globo es apabullante. Cada vez que me acerco al supermercado a hacer la compra semanal, los escaparates me deslumbran con una nueva fruta, una nueva verdura o con el aprendizaje de una manera distinta de denominar al melocotón (duranzno) o a la sandía (patilla). Sin embargo, en los últimos días la causante del aumento de mi conocimiento en este ámbito ha sido la “lechuga verde”. Sí, lo han leído bien, uno de los componentes básicos de las ensaladas de toda la vida.

De todos es sabido los diferentes tipos de lechuga que existen y como cuanto su precio en función. Nada de esto es nuevo para nadie. Es la “lechuga verde” y su reciente posibilidad de compra por Internet aquí en Venezuela lo que ha llamado interés.


Y es que poco después de que el presidente Hugo Chávez prohibiese y cerrase diversas casas de cambio que facilitaban la compra y la venta de dólares y euros, así como las páginas web y blogs que informaban de su precio “paralelo”, el portal lechugaverde.com facilita diariamente el valor de la planta en una tasación muy similar a la que tenían las divisas antes de los cierres.


“Mucha gente piensa que este es el precio del dólar paralelo o permuta o del bono Venezuela. Nada más alejado de la realidad. Este es el precio diario de la lechuga verde en Caracas, Venezuela”. Este es el mensaje que saluda al navegante cuando entra en el sitio web. En este país está prohibido la divulgación del denominado “dólar permuta”.


Para evitar que su valor alcance niveles desorbitados, a parte de los cierres, el presidente venezolano creó un “dólar permuta oficial” que cambia también diariamente en función de unas variables económicas. La diferencia es que ahora el encargado de facilitar esos dólares es el Banco Central de Venezuela.


Esa obligación no ha conseguido atajar el problema del mercado negro, que sigue funcionando y facilitando una mayor cantidad de dólares o euros, a un precio mayor al oficial permuta, a quien los necesite. Las casas de cambio ya no realizan estas operaciones pero la gente, de forma privada sí, a pesar de que está penado con la cárcel.


¿Es el precio de la “lechuga verde” el oficial en el mercado negro? Nadie puede demostrar que sí, pero también se sabe que sí. ¿Cómo puedes evitar este tipo de trampas? Complicado, aunque el gobierno venezolano es especialista en solucionar problemas insolubles.


Yo, lo único que sé es que la última vez que me acerqué al súper y compré una lechuga normal y corriente me costó cerca de 20 bolívares y que esta página ofrece hoy la lechuga verde por 8,84. Uno ya no sabe si el gremio de agricultores está intentando reventar el mercado o si las grandes superficies están inflando de más los precios. Aún así me sigue encantando la ensalada de lechuga. Buen provecho.

6.23.2010

Cita

"Ante la hermosísima fachada de la catedral, me veo llevado a observar cuán poco conocida es esta inmensa Venezuela, desde el punto de vista turístico, a pesar de que sus prestigios se impongan al viajero con caracteres tan propios y tan inconfundibles."

Alejo Carpentier. "Visión de Ámerica". Entre 1947 y 1975.

6.15.2010

365 días

Casi no me acordaba. Tengo que ponerle una velita al pastel: hoy hace un año que aterricé en Caracas. Dejé a mis padres en el aeropuerto madrileño de Barajas y aterricé acá, donde un taxista latino enorme me esperaba para subirme desde La Guaira hasta la capital. Llovía, como estos últimos días y el tráfico, ahora lo sé, era terrible como siempre.

Me acuerdo del día no por ser una fecha especial en mi vida, si no porque hoy es el cumpleaños de una de las personas que me recibió en Caracas. Nada más llegar, dejé todas las maletas y me llevaron a un sitio estupendo del barrio donde ellas vivían. El 360 es una discoteca - chill out en la azotea (penthouse acá) de un edifico de alrededor de 25 plantas. Desde la terraza del lugar se divisa toda la ciudad y, tengo que decirlo, la impresión fue fuerte.

Hoy, que cumplo el primer año acá no sabría que destacar, si acaso todo poco a poco. Desde la imposible búsqueda de un apartamento, hasta el placer de haber tenido unos magníficos compañeros de trabajo, pasando por las impresiones que me ha ido causando el país: la fuerza emotiva de sus playas, la fiereza de su selva, la indolencia de su gente, lo desorientador de su clima, la belleza de sus mujeres.

Lo que sí resalta por encima de todo es la amistad inquebrantable que he conseguido con determinadas personas. Amistad de la buena, de la sincera, de la que sabes que siempre puedes contar, de esa que ayuda a pasar las horas bajas como la muerte de un ser querido o la distancia de los que tú más quieres.

Viajes y fiestas han contribuído a eso. Desde las maravillosas y desconocidas playas de Morrocoy o Mochima, hasta las turísticas de la isla de Margarita y la de los fabulosos cayos en el archipiélago de Los Roques.

Un año que ha dado para encantarme y desencantarme con el trabajo de periodista y para disfrutar no sólo de este desconocido país, también para descubrir los encantos de Brasil, Trinidad, Argentina y Colombia, por citar algunos. Un año, que espero que no se acabe.

3.18.2010

La frontera

De papeles sueltos.

Tras tres meses en busca de un trabajo o de un entretenimiento para cambiar mi rutinaria vida de guía turístico de amigos y familiares, lectura, escritura y ron, tuve que pensar en abandonar el país para poner en orden mi estatus jurídico, es decir, o salía para que me sellasen el pasaporte o quedaba en situación de inmigrante ilegal.

Después de estudiar las distintas posibilidades en avión, autobús y carro la opción más "cercana" y barata era Colombia en su frontera con el estado venezolano del Táchira, en el suroeste del país: avión ida y vuelta. Fácil, rapido y poco costoso.

El estado Táchira es famoso por ser antichavista, relativamente rico por su cercanía al estado Zulia donde abunda el gas y el petróleo y por los problemas que hace unos meses tuvo por la muerte de dos guardas nacionales que elevó, aún más, la disputa entre los presidentes de ambos países.

La llegada a Santo Domingo del Táchira a 150 kilómetros de la frontera, normal, el viaje hasta la frontera, revelador. Montado en el taxi del señor Morales, silencioso pero ilustrador, pude disfrutar de la geografía escarpada de la zona y de la masiva presencia militar derivada de los cuatro cuarteles militares que divisamos durante el recorrido.

"¿Es debido al asesinato de los policías hace unos meses?" le pregunto. "Eso ya pasó, es más que nada para controlar el contrabando y el narcotráfico", me contesta. "Por acá se pasa mucho", agrega. Todos los camiones y los carros sospechosos son detenidos en las alcabalas que salpican el trayecto.

Al llegar al pueblo fonterizo de San Antonio, la gente inunda las calles y los autos hacen cola en la frontera para pasar al lado colombiano. En la otra dirección, lo mismo. Nada de tensión o peligro. La diferencia entre las dos ciudades es ilustrativa: San Antonio es un pueblo de casas bajas, carreteras rotas y apenas hay comercios más allá de los autobuses que salen a todos los puntos del país, supermercados y ropa; Cúcuta, del lado colombiano es lo contrario, autopista hasta el pueblo nada más cruzar la frontera, centros comerciales, pequeños comercios de todo tipo, bloques de viviendas, taxis con taxímetros, civilización.

Aún así, la gran parte de la gente del lado colombiano pasa diariamente a trabajar y, sobre todo, comprar en el lado venezolano. La diferencia de poder entre las monedas de ambos países provoca este flujo migratorio. De Colombia a Venezuela la gente se traslada para comprar útiles de primera necesidad y, más que nada, gasolina.

En el otro sentido la gente va en busca de, por lo visto, los recambios para los carros y motos, tan preciados en Venezuela. La entrada en Cúcuta está regada de talleres de motocicletas y puestos de recambio para los mototaxistas, una profesión que no existe en Colombia.

Es curioso ver como el presidente Hugo Chávez y su homólogo Álvaro Uribe estuvieron a punto de todo hace unos meses y, en cambio, la zona fronteriza es de libre circualación si se va a pasar sólo un día en cualquiera de los lados y el pago con las dos monedas es aceptado sin problemas en las dos partes.

Tras sellar mi salida en Venezuela, pasar el puente que separa ambas naciones, recibir el sello de entrada en Colombia, pasar el día obligatorio según el Departamento Administrativo de Seguridad (D.A.S.) en la zona colombiana y pasar por el mismo trámite pero a la inversa el día siguiente, regreso a Caracas con la sensación de la utilización partidista de los líderes políticos en el caso de los asesinatos que llevó a cerrar la frontera y a la anulación de múltiples contratos.

"Aquello pasó por el exceso de celo de los militares en impedir el contrabando de gasolina, de lo que vive mucha gente", susurra Morales. Chávez culpó a un grupo de paramilitares colombianos.

"El asesinato de estos guardias tuvo como finalidad amedrentar a nuestra Guardia Nacional Bolivariana que día a día cumple su función combatiendo el delito, controlando la frontera, combatiendo el narcotráfico", declaró en su momento el ya ex-vicepresidente y ex-ministro de Defensa Ramón Carrizalez.

De vuelta al aeropuerto, las colas en las gasolineras obstruyen la vía, "a veces es complicado encontrar combustible por aquí, así que cuando lo haces, hay que aprovecharlo", me comenta Morales. Revelador.

2.19.2010

Colin McRae vive en Choroní

Se ha dejado bigote y se ha cortado aún más el pelo. El color de su piel se ha oscurecido por el continuo castigo del sol caribeño y sus brazos se han robustecido de tanto manejar. Su dominio del dulce español venezolano es máximo. Su control de la serpenteante y abismal vía que une la ciudad de Maracay con la playa de Choroní, apabullante.

El pueblo al que se ha trasladado Colin McRae está situado al oeste de Caracas. Alrededor de cuatro horas son las necesarias para llegar a Choroní desde la capital venezolana. Casas coloniales y olor a sal y arepas salpican todo el pueblo. Las primeras, reconducidas ahora hacia bonitas y cómodas posadas para los turistas que continuamente están llegando; el olor: el mar caribe y el plato básico venezolano.

El ex-piloto de rallies maneja una de las camionetas que a lo largo del día unen la playa con el interior. El único requisito son 20 bolívares y que todos los asientos estén llenos, para partir de nuevo. Recorre los cerca de 45 minutos y 60 kilómetros varias veces al día. Cruza el parque nacional Henry Pittier, y sus carreteras construidas por presos hace décadas, al ritmo de la salsa y el regguetón.

En esta ocasión se sirve de dos copilotos, no de uno, como cuando pilotaba el Ford Focus o el Subaru Impreza con el que fue campeón del mundo. "Recoge los pasajes", le dice al más joven, sentado a su vera. "Mira que no me salga del hombrillo", le grita al otro, que se balancea en la puerta abierta de la camioneta. Él da las órdenes, ya no las recibe como cuando disputaba el mundial.

Dobla a izquierda y a derecha, las vírgenes y santos que salpican el interior se contonean, retrocede cuando la curva es tan cerrada que el bus no la puede tomar de golpe, manda refrigerar el motor con un manguerazo de agua del río, apaga las luces para no deslumbrar a los coches que vienen en dirección contraria, toca la bocina para avisar en las curvas ciegas, ríe cuando el copiloto más joven le cuenta un chiste.

Dicen que Colin McRae murió en un accidente de helicóptero cuando iba a visitar a su familia hace unos años. Como Elvis, Marilyn Monroe o Kurt Cobain, el escocés eligió una salida espectacular para escapar a un lugar donde no le persiguiese su fama. Yo lo encontré manejando camionetas a toda velocidad a través de las montañas. Vive feliz en Choroní.

http://www.youtube.com/watch?v=aHiE0EZhF0c
http://www.youtube.com/watch?v=4J6R8AGMNPM&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=XTUIAKGoyhU&feature=related

2.09.2010

Chávez Superstar

Otro medio más ha caído en las manos del presidente venezolano. Mas que en las manos, en sus cuerdas vocales. Por si no había suficiente con los programas en la televisión y los artículos en prensa, Hugo Chávez inauguró el pasado lunes su propio espacio de radio.

"De repente con Chávez" es una forma más del presidente caribeño de acercarse a la población y hacerle la guerra a los "medios privados de la oligarquía" como no hace más que repetir. La guerra, no sabemos si la está ganando o no pero, en los anteriores seis meses ha conseguido retirar la licencia a más de 200 emisoras y casi medio centenar de televisiones que no entregaron a tiempo los documentos requeridos por el gobierno.

Entre las licencias de televisión se encontraba polémica retirada de Radio Caracas Televisión (RCTV), que se despidió en un primer momento de sus emisiones en el ámbito público y se fue al privado o de pago. Fue retirada también su licencia la semana pasada al "no emitir un 70 por ciento de programación venezolana, así como los mensajes del presidente".

Porque sí, acá en Venezuela todos los canales y emisoras de radio públicos y los que tienen una mayoría de capital venezolano, estén o no en este ámbito, tienen la obligación de "ceder" al presidente su espacio de emisión cuando desee hacer cualquier tipo de declaración que el estime que sea de interés.

Y Chávez aparece siempre que puede. No basta con su programa "Aló Presidente Teórico", que suele ser los jueves y el "Aló Presidente" ya clásico (va por los 351 programas con una media de duración de seis horas, según datos facilitados por la prensa) de los domingos. Ni con "Las Líneas de Chávez", sus reflexiones escritas, que se publican semanalmente en periódicos de ámbito regional por todo el país. Ahora, el mandatario, también en la radio: "Cuando ustedes oigan un golpe de arpa tramado, pudiera ser De Repente Chávez".

2.01.2010

Más madera

El presidente venezolano Hugo Chávez se ha tenido que rendir a la evidencia, cosa extraña en él, y acaba de crear un fondo de, nada más y nada menos, 1.000 millones de dólares para reducir el déficit eléctrico propiciado por la sequía que azota el país.

Por la sequía sí, ya que Venezuela crea, según datos facilitados por los medios, un 72 por ciento de su energía a través de plantas hidroeléctricas, con lo que las pocas precipitaciones registradas durante el periodo de las lluvias (mayo-octubre) ha propiciado un descenso alarmante en los embalses y por tanto, problemas con el suministro de energía.

Semanas atrás, el mandatario venezolano explicó en televisión que la falta de lluvias esta temporada era debida a los efectos climáticos que provoca "El Niño". Según el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Industrias Intermedias venezolano, este fenómeno, que se produce en el océano Pacífico, "trae consigo sequías e inundaciones de gran magnitud", y añade más adelante que "territorios del interior que habitualmente se caracterizan por su humedad, entran en un periodo de sequía; en tanto el desierto florece debido a las precipitaciones". Venezuela, parece, se está llevando la primera parte de todo esto.

Puede ser que la culpa de todo la tenga la naturaleza a la que tantos "favores" le hacemos. Sería la explicación más fácil y que menos crédito político le costaría al presidente venezolano. Pero no es así. Lo cierto es que el gobierno de Hugo Chávez apenas ha invertido un sólo bolívar en la construcción y mejora del mísero sistema eléctrico.

Un amigo, trabajador en una empresa estatal de suministro eléctrico, siempre saca el mismo problema en las tertulias: la pérdida desde que se produce la energía, hasta que llega a su lugar de destino. Diez, casi once años de revolución bolivariana no han sido suficientes para mejorar una de las peticiones básicas de la población.

A raíz de la perdida de capacidad productiva, el gobierno decidió realizar un crónograma el mes pasado para informar a las poblaciones de cuando se les sería racionada la electricidad. Una medida altamente impopular que obligó a Chávez a retirar dichos cortes en Caracas y que tuvo como resultado la dimisión del ministro de Energía Eléctrica, Ángel Rodriguez.

Sólo se retiró la medida en la capital. Pero para el resto del país no es nada nuevo la falta de energía a lo largo del día. El plan pretende ahorrar un 20 por ciento de energía e incluye medidas fiscales para para promover el ahorro en las urbanizaciones, organismos públicos y reducción de horarios en los centros comerciales.

En este último caso, es difícil contabilizar si cerrar por el plan de ahorro energético compensa las pérdidas económicas que provocan a las tiendas.

Paradójicamente, el quinto país exportador de petróleo del mundo, tiene un déficit grave en este campo. Expertos y oposición chavista argumentan que es "debido a la falta de inversión y a la mala gestión oficial".

El fondo aprobado por Chávez financiará de 59 proyectos de generación y distribución y 50 de operación y mantenimiento en el ala energética y "abre la posibilidad de aumentar en 5.000 megavatios la producción de 4.000 ya existentes para 2010", según recoge la prensa.

Sin embargo contrasta con los cálculos realizados por los expertos, que estiman que la inversión debería ser de 18.000 millones de dólares hasta el año 2014 debido al crecimiento de la demanda del país, que oscila entre un 6 y un 8 por ciento anual.

Veremos lo que ocurre en un país que, actualmente, es el que mayor consumo eléctrico per cápita tiene en la región suramericana duplicando, por ejemplo, a su vecina Colombia. De momento, lleva un par de días chispeando.

1.30.2010

LA FINAL

Así, con mayúsculas, se ha de escribir el enfrentamiento entre los Leones del Caracas y los Navegantes de Magallanes en la gran final de la Liga Venezolana de Beisbol. En los 53 años de edad que ya tiene el "juego de pelota" en el país caribeño, sólo en tres ocasiones, incluída ésta, se habían enfrentado los dos equipos con más seguidores y mejores jugadores de Venezuela. La victoría siempre favoreció a los "magallaneros".

Pero este año no fue así. En una final disputada al mejor de siete partidos, los capitalinos vencieron por 4-3 despúes de remontar una desventaja de 3-1 y con el factor cancha en contra. Casi nada.

El beisbol es un deporte con una "fanaticada" insuperable en este país. A pesar de que la competición dura tan solo cuatro meses y está compuesta por ocho equipos, la gente se desplaza en masa a disfrutar de las cerca de cuatro horas de promedia que suele durar cada juego.

Y no solo los espectadores. Muchos de los jugadores venezolanos que participan en las Grandes Ligas, como llaman al torneo estadounidense, piden permiso y vuelven a su país para reforzar las plantillas de los equipos. Pago de seguros de su propio bolsillo, viajes, amenazas de los equipos norteamericanos. Nada les frena a la hora de tomar el camino a casa. Menos si existe la posibilidad de jugar una final Caracas - Magallanes.

Pero es que acá la visión del deporte, y de éste en particular, es bastante distinta de lo que un europeo como yo se imaginaba. Franela, gorra, insultos clásicos, perros calientes y cerveza, mucha cerveza, con alcohol. Ahí está la diferencia. En Venezuela no está proihibido vender alcohol en los estadios. La razón es bien sencilla, empresas Polar, uno de los principales patrocinadores de la liga y de todos los deportes en este país, vende cerveza. Y no puedes morder la mano que te da de comer.

Yo no estoy en contra de esta prohibición, pero después de haber "sufrido" sus efectos en alguna que otra visita al Estadio Universitario de Caracas no comparto la idea de alcohol igual a violencia. Puede parecer algo incivilizado pero, poniendo a un lado el lanzamiento clásico de los vasos (deshechables de coca - cola) y las cotufas (palomitas) al final de cada encuentro, el comportamiento de la afición es de lo más saludable. En una de las ciudades con un índice de inseguridad y asesinatos, más altos del mundo.

Tod esto se ha podido observar durante estas series finales en las que se impusieron los caraquistas: el peor comportamiento no vino por parte de los espectadores, fue el de los jugadores que más de una vez se liaron a golpes por alguna decisión arbitral o gesto despectivo del rival. El público, nada.

El juego, el último, fue aburrido como lo suelen ser todos y encima, los visitantes se pasearon por el José Bernardo Pérez de la ciudad de Valencia para un resultado final de siete carreras a dos. Muchas para un partido, y más para una final.

Yo lo "disfruté" en una casa con un nutrido grupo de venezolanos que, a la hora, ya estaban echando pestes sobre lo aburrido que es este deporte. "Nosotros lo soportamos porque lo vemos desde que somos unos chamos (niños)", afirmó uno de ellos, ataviado con toda su equipación de los Leones. "Antes de venir a Venezuela, para mí, este era el deporte más aburrido del mundo", agregué yo.

Menos mal que, a falta solo de tres hombres para que se cerrase el turno de bateo, el juego, la serie y la temporada, la luz se fue del campo de los Navegantes. "¡Eso es Chávez que es magallanero!" gritó uno. Éste y los cortes de luz y agua, son tema para otra entrada.

1.26.2010

Resumen

Hace ya más de siete meses que llegué a la capital venezolana y ahora empieza la bueno. Tras seis meses trabajando en la corresponsalía de la Agencia Efe en el país comienza la dura tarea de encontrar un trabajo. No, no me contrataron en la delegación, pero la experiencia fue muy enriquecedora. Grandes profesionales y mejores personas que me enseñaron todo y más y, sobre todo, el intríngulis de un país tan diverso como es Venezuela.

Al llegar en el lejano mes de junio del año pasado, con todas las reservas y advertencias de mi madre, lo que más me sorprendió fue la facilidad que tenían los venezolanos para ofrecerme bolívares, la moneda del país, por dólares o euros ya en el mismo aeropuerto. "No cambies dinero allí ni hagas caso de nada de lo que te puedan decir" me avisó Paula, la que sería mi compañera durante esos seis meses de aprendizaje.

La subida desde el Aeropuerto Internacional de Miaquetía fue impresionante: decenas de carros americanos de los 70 nos pasaban a velocidades de vértigo por izquierda, derecha y el hombrillo (arcén) por una carretera que, de no saber que estaba en Venezuela, hubiese relacionado con alguna de Irak o Afganistán debido a la cantidad de agujeros que la salpicaban.

La entrada en Caracas no fue menos impactante. La ciudad tanto por su parte oeste, por donde se entra del aeropuerto, como la este, está desbordada por los barrios (como llaman acá a las favelas) y por un tráfico infernal. Los precios de la gasolina subvencionada por el gobierno chavista no facilita en nada la fluidez en las carreteras.

El resto coser y cantar. Los venezolanos son accesibles y amigables desde el primer momento. Como dice un gran amigo mío venezolano "lo importante es que vean que tú les das lo mismo que recibes. Así jamás te decepcionará un venezolano". Ninguno, de momento, lo ha hecho.

Han sido siete meses de descubrir las playas más bellas que jamás haya visto, del cuba libre más sabroso que mi gaznate se ha tragado, de Chávez, su revolución bolivariana, sus cortes de agua y luz y sus amenazas contra todos, de terrible calor, de devaluación del bolívar, de venezolanas bailando salsa, de viajes por suramérica visitando a grandes amigos y de una gran experiencia profesional en la delegación de la Agencia EFE.

No me quejo. De momento, me quedo.