Los reyes del reciclaje

"El pasado es un prólogo". William Shakespeare.
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2.10.2012

Mes

Reconozco que últimamente he estado un poco desconectado del mundo tecnológico. A pesar de haber vivido en un país con una pasión enfermiza por los "pins" y Steve Jobs, mi conocimiento del medio no sobrepasó el modelo de Blackberry amablemente facilitado por mi prima, el Whatsapp y las, por supuesto, aplicaciones de los principales medios de comunicación que son de mi interés. Lo reconozco, también caí en las garras de Twitter.

Tengo varios amigos que se resisten tanto a tener un teléfono de última generación como ha abrirse una cuenta en Twitter. Posición respetable claro está, pero inasumible en los tiempos que corren, sobre todo si te dedicas, o lo intentas, al mundo de la información. Son de la misma opinión que ese gente que todos hemos conocido alguna vez vanagloriándose de no tener un perfil en Facebook o, años antes, de no tener un celular. El mercado te aplasta. Y como está el panorama hoy en día, no creo que sea una buena opción cerrarse puertas.

En fin, que me despisto. Hoy se cumple un mes del segundo regreso de Venezuela. Este más triste pero a la vez más esperanzador. Cualquier persona, no ya que se dedique a la información, sino que lea los periódicos, tiene que ser muy necia para pensar que va a encontrar un trabajo en este país en el que le paguen lo que su formación merece. Habrá casos que sí lo consigan, enhorabuena. Pero pocos, muy pocos, serán periodistas. Mas si no eres un kamikaze en Homs o tu padre no se llama Andreu Buenafuente.
Cuatro semanas en que el cambio frío-calor ha sido fuerte, la asimilación de la superabundancia en los supermercados más fuerte, la incredulidad por el precio de la gasolina apabullante y la nostalgia por el amor abandonado, terrible.

Una de las cosas que más me han llamado la atención en estos 30 días ha sido la masiva aparición, al menos en Madrid, de Blackberrys. El maravilloso iPhone era algo ya establecido gracias a la comunidad de modernos, snobs y pseudoperroflautas. Nada nuevo. Algo que siempre he aborrecido de la sociedad venezolana es la capacidad para no hacerte ni puñetero caso en cuanto "su BB" suena. Pensaba que la imagen de dos amigos en una cafetería sin dirigirse una palabra por su dependencia del teléfono era algo de lo que me libraría al regresar. Nada más lejos de la realidad. 

"Si no tienes Whatsapp no eres nadie", me dijo un amigo cuando fui a visitarlo a Salamanca al poco de llegar. Esta segunda sorpresa viene descaradamente unida a la primera. La primera vez que salí ha cenar con unos amigos todo quedó confirmado: la camarera no me hacía ni caso. Le estaban escribiendo por el Whatsapp a su iPhone. 

Otra cosa realmente sorprendente es la proliferación de kindles. No me guío por datos extraídos de sesudos análisis de venta o por los productos destacados en el catálogo de El Corte Inglés, sino por lo apreciado entre los lectores del metro.  En Caracas es extraño encontrar lectores en los vagones del suburbano. Se ve todo lo clásico, pero libros, poquitos. Así que no ya la sorpresa de los kindles o las tablets, sino la cantidad de gente que las utiliza. No entraremos en la discusión de qué formato nos gusta más, si el clásico de papel o el nuevo de bits. Lo indiscutible es que el Kindle es infinitamente más práctico.

Y finalmente la guinda del pastel. Reconozco que nunca he sido seguidor de las modas. Como todo el mundo, en diversas épocas de mi vida me decanté por un estilo u otro, pero siempre, creo, de forma poco comprometida. Nunca radical o cerrando puertas a cambios. Por eso, a principios de los 90, yo también tuve un walkman con unos cascos gigantes.

Es como si hubiese viajado al pasado 20 años. Todo el mundo lleva unos encajados en la cabeza. Cuanto más grandes y chillones mejor. Creo recordar, ya que hace bastante tiempo que mi walkman se estropeó, que aquello cascos, además de parecer una extensión de aquel monstruoso corrector dental que parecía un bocado de caballo, conseguían que tus orejas se convirtiesen en lo más parecido a un volcán en erupción. En mi caso, se sumaba la imposibilidad de escuchar mis programas radiofónicos favoritos debido a la "peligrosidad" existente si te quedabas dormido con ellos puestos. Supongo que su capacidad para reproducir el sonido será mucho mayor y de más calidad en comparación con los que te entregan en el tren pero, que quieren que les diga, a un servidor le parecen una horterada incomodísima. 

Pero, como ya les dije, nunca me he llevado bien con las modas.


2.04.2012

Siete días, un mundo

Apuntes en un tren...

Hay pocas personas que no encuentren los cambios excitantes, para bien o para mal. La ruptura del orden establecido, de la rutina, siempre supone una catarsis. Depende de muchas variables: hábitos, expectativas, esperanzas, valentía... O todo lo contrario. El sedentarismo y la adaptación a un lugar siempre contribuyen a pensarse mejor los cambios, a temerlos. No por cobardía o falta de espíritu aventurero sino por fidelidad y comodidad. A nadie le gusta cambiar algo que está bien. Que funciona.

En el tren de vuelta a Madrid desde Salamanca, un manto blanco cubre todo el paisaje y la profunda niebla se funde, a pocos metros de la ventana, con la espesa nieve. Viajamos a ciegas a través del frío. Una bala en la estepa castellana. Cero grados en el termómetro informativo del interior del vagón. Pueblos y pedanías van quedando atrás. Aparecen y desaparecen fantasmagóricamente. Se repiten en su fisonomía: casa bajas, bloques de apartamentos que ascienden cinco pisos como máximo, campanarios sobresalientes, vecinos solo reconocibles por los ojos que escapan de las bufandas y gorros... Gente sobria, callada, noble y humilde. Habitantes del frío, curtidos y silenciosos.
El mal tiempo y el frío son intensos. Tanto que esa sensación se transmite al interior del tren. A su apetecible y acogedora temperatura. Rocas, árboles y arbustos luchan por mantenerse a flote. Por no quedar sumergidos. Por no desaparecer bajo la nieve.

Hoy es 16 de enero y todo es nuevo e incomprensible para mí. Lo único reconocible es la amabilidad de la señora que está sentada a mi lado y cuyo perfume, almizclado, dulce y agobiante, me aborda sin compasión.

A pesar de no reconocer nada, desde la higiene del transporte público hasta su sepulcral silencio, esta mujer me brinda su amabilidad castellana sin tapujos. Cual dependienta mulata ofrece sus productos en los mercados informales caraqueños.

Todo es al revés aquí. El frío retrae a la gente. A su estado de ánimo. Nada de griterío ni salsa en el metro o el autobús. Nada de vehículos de los años 70 ni de belleza y sexualidad en cada gesto, cada mirada o cada respuesta. Nada de olor a perros calientes, hamburguesas y basura. Nada de alegre desorden.

Solo crisis y más crisis. Recortes y asfixia. Pérdida de valores y respeto. Frío y soledad. Silencio y tristeza. Carencia de futuro, rabia y frustración. Gente fiel y buena amiga, comprensible y de paciencia infinita. Orden en el tráfico y en el metro. Mercados con tantos productos que me sobrepasan. Lenguaje agresivo y fuerte cargado de “ces” y “zetas”. Gasolina a precio de oro. Políticos aburridos y música aún más aburrida. Playas a 600 kilómetros y frío, mucho frío.

Siete días hace ya que salí de Venezuela. Siete días menos para regresar. Un mundo.

10.21.2011

Hospitales y recuerdos

Desde una butaca en urgencias...

Hace unos días, después de mucho tiempo, volví a un hospital. No por mí, no se preocupen, sino por alguien muy querido que lo necesitaba tras una noche horrible. Pero, al entrar de buena mañana por la puerta de urgencias de una céntrica clínica caraqueña, nada fue igual que cuando visitaba a mi padre en su trabajo.

Los hospitales en Caracas no huelen a esa mezcla de nuevo, limpio y asespsia. Su olor es a obra, caos y frío, mucho frío. De hecho, llama la atención que un lugar destinado a cuidar la salud, castigue a sus empleados, pacientes y visitantes con un aire acondicionado solo apto para pingüinos.

El desorden derivado del caos, tan característico de la cultura caribeña, no puede faltar tampoco en esta área de la sociedad. Recuerdo lo privilegiado que me sentía cuando cruzaba las puertas batientes del servicio de rayos para ir a ver a mi padre. Como caminaba orgulloso por aquel pasillo blanco, de suelo también blanco, alumbrado por una luz blanca fluorescente, mientras el resto de la gente, cada vez más lejos, aparecía y desaparecía al ritmo cada vez más lento de aquellas puertas.

Ese privilegio aquí se transforma en fiesta. Los pacientes buscan o preguntan por los médicos, que no les suelen hacer mucho caso; las enfermeras a los pacientes con el mismo efecto; los familiares a los enfermeros para que les informen de algo y los vigilantes a los familiares para que dejen trabajar a la gente en paz. Todo sazonado con obreros arreglando o terminando de montar cualquier cosa, mensajeros en busca de los vigilantes, que solo "vigilan" a las enfermeras, camilleros discutiendo sobre "el derecho de paso" y administrativos inundándote con todo tipo de formularios sobre tu edad, peso, alergias y, sobre todo, compañía de seguros.

Es decir, una especie de verdulería en la que todo el mundo grita, ordena y coquetea.

Reconozco que nunca me había enfrentado a la "burocracia hospitalaria" gracias a mi condición de "hijo de médico". Cuando pensaba que el agradecimiento que tengo y siempre tendré a mi padre dificilmente podría aumentar, volvía a equivocarme. Evitar ese papeleo es otro regalo más que, silenciosamente, mi padre nos ha otorgado a toda la familia.

Siempre recuerdo los hospitales como lugares seguros, sanos y silenciosos. Una especie de oasis de tranquilidad que uno puede encontrar en medio del bullicio de la ciudad solo roto por el sonido de las sirenas de las ambulancias. No las recuerdo como un lugar de dolor y tristeza. El hospital siempre ha estado asociado a mi padre y a llamadas a horas inapropiadas debido a las guardias, seguidas del lamento y las quejas de mi madre. Desgraciadamente, es solo cuestión de tiempo que todo eso cambie.

6.09.2011

El regreso

Casi dos semanas hace ya que abandoné la enferma España para venir a buscarme la vida, de nuevo, a Venezuela. Tiempo después de la incredulidad, asombro y dolor por parter de los de allá y alegría, calidez y bienvenida por parte de los de acá, decir que todo apenas ha cambiado. Cierto es que hace poco más de medio año que me fui a España por motivos familiares y cansado de no encontrar nada en Caracas, pero también es verdad que poco tiempo hizo falta para ver que la situación en nuestro querido país está estancada y sin visos de cambiar. 

Como uno de los salpicado por la crisis y el desempleo veo con alegria las movilizaciones sociales de la gente joven, y no tanto, en las principales ciudades. Las acampadas en lugares emblemáticos y las buenas intenciones que emanan  de estas. Con tristeza sigo también las cargas policiales y la toma de posesión de sus cargos por políticos acusados en algunas de las "Gürtel" o "Palma Arena" de turno. Al presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, personaje que vive en su propio mundo gracias a la legitimización que le dan las urnas, bromeando con sus consejeros mientras en la misma puerta de Les Corts un grupo de protesta recibe golpes por el estado de las cosas.

En este sentido, aquí en Caracas no hubieron protestas o no se les dio cobertura mediática. El otro día un venezolano me comentaba en la interminable cola del banco que la gente de este país "ha perdido la capacidad para protestar", debido a tanta marcha espontánea o convocada por unos y la correspondiente contramarcha de los otros.

Pocos cambios políticos también aquí. Me cuentan los amigos que la pérdida de la mayoría chavista en la asamblea nacional solo ha derivado en más debate y menos legislación. Como ven, sea más o menos desarrollado un país todo se enfanga en estos días en la dialéctica política. Da igual el descontento social, los gobernantes continúan de espaldas a la realidad a pesar de las clamorosas muestras de malestar por parte de la mayoría de los ciudadanos. 

En Venezuela, tanta manifestación ha conseguido que un arma con tanto poder como la salida en masa de la gente a la calle para protestar haya perdido efecto. En España, su poco uso y la tremenda carga ideológica de las convocadas en los últimos meses ha provocado el rechazo de gran parte de la gente y, posiblemente, una manera de ponerles fin inadecuada y que perjudica a todos.

Lo más triste de todo es ver a toda esa gente bien preparada y con ganas de trabajar, leer sus pancartas en las plazas, escuchar su desilusión y ver cómo se está perdiendo el futuro del país mientras los que tienen que dirigirlo gastan bromas en los hemicíclos. Al menos, en Venezuela, hace tiempo que Hugo Chávez ya no canta en él como solía.

7.02.2010

Caracas - Cartagena de Indias - Caracas

De apuntes sueltos...

Hace unas semanas volví a salir de Venezuela con destino a Colombia. Una visita familiar siempre es una buena excusa para llevar a cabo ese viaje esperado, y la aparición, de nuevo, de mi hermana por estas latitudes fue el momento perfecto para visitar un par de lugares en el país vecino que tenía apuntados en mi hija de ruta.

Hay algo difícil de diferenciar en los venezolanos: ¿viveza o abuso? En el autobús que nos transporta, muchos de los pasajeros llevan más peso del permitido en sus maletas. Aún así, las empresas, los conductores y los mismos viajeros hacen la vista gorda. Un par de horas después de salir de Caracas nos paran en la primera alcabala y sucede algo curioso: todo el mundo se moviliza y se recoge dinero para pagar el soborno a los policías.

¿Por qué? La razón es sencilla: la mayoría del sobrepeso que transporta el autobús son alimentos y está prohibido sacarlos del país. La medida, inhumana a primera vista, tiene su explicación: muchos de los alimentos básicos de la cesta de la compra en Venezuela están subvencionados por el gobierno, y esta gente los suele sacar para venderlos a su precio "real" y ganar la diferencia. De ahí lo ilegal de la acción y el motivo del porque nos paran hasta seis veces, incluída la frontera también con su pago, en el lado venezolano.

¿Viveza o abuso? Todo el mundo tiene que pagar para no ser retenidos durante el tiempo que dure el registro, que puede ser desde una hora hasta lo que le dé la gana a los policías, y si no se aporta las quejas son de órdago. Todo a pesar de que la gente que suele hacer el trayecto lo sabe y aún así carga el maletero del autobús con tres o cuarto bolsos gigantescos.

Una vez pasada la frontera y superadas las malas miradas de los funcionarios encargados de los visados y los registros, Colombia. Carreteras bien asfaltadas, haciendas sin vallas electrificadas y ganado por doquier.

Cartagena de Indias es una ciudad preciosa pero, sobre todo, terriblemente calurosa. Su ubicación en el litoral atlántico colombiano convierte a este puerto en un infierno desde las nueve de la mañana. "Váyanse pronto a la ciudad vieja" nos recomieda el taxista, mientras nos ilustra sobre las bondades del "corralito de piedra", nombre que recibe la parte colonial.

Calles estrechas, casas de dos pisos con patios interiores y balcones llenos de flores, iglesias por doquier, plazas con fuentes. La cabeza se me marcha hasta los pueblitos del interior de España, los de la meseta, con este mismo tipo de edificaciones destinadas a burlar el calor de los tórridos veranos del centro del país.

Pero no solo del casco antiguo se enorgullece la ciudad. En contraste con la parte colonial se yergue la zona de Bocagrande. Con sus altos edificios modernos y sus hoteles de última generación. Los recuerdos viajan de nuevo, pero hacia Benidorm o Salou. El puerto deportivo que desplaza turistas hacia las islas de Barú o San Bernardo escupe españoles a últimas horas de la tarde.

A unas cuatro horas de Cartagena se encuentra el pueblo de Santa Marta, el más antiguo del país y lugar donde murió El Libertador Simón Bolívar para, unos siglos después, ver nacer a uno de los mejores futbolistas de este lado del mundo: Carlos Valderrama, "el pibe".

Ambos son el principal reclamo turístico de la localidad junto con los paseos por el espectacular parque Tayrona y sus tormentosas playas. Bolívar y la quinta San Pedro Alejandrino son visita obligatoria. La cama donde falleció, la sala de fumadores, el comedor, así como la estatua a Valderrama frente al estadio Eduardo Santos a las afueras del pueblo.

Ya no me extenderé más, cosas me dejo y quejas recibiré de más de uno. La única solución es que, cuanto antes, te des una vuelta por allá y lo disfrutes.

6.15.2010

365 días

Casi no me acordaba. Tengo que ponerle una velita al pastel: hoy hace un año que aterricé en Caracas. Dejé a mis padres en el aeropuerto madrileño de Barajas y aterricé acá, donde un taxista latino enorme me esperaba para subirme desde La Guaira hasta la capital. Llovía, como estos últimos días y el tráfico, ahora lo sé, era terrible como siempre.

Me acuerdo del día no por ser una fecha especial en mi vida, si no porque hoy es el cumpleaños de una de las personas que me recibió en Caracas. Nada más llegar, dejé todas las maletas y me llevaron a un sitio estupendo del barrio donde ellas vivían. El 360 es una discoteca - chill out en la azotea (penthouse acá) de un edifico de alrededor de 25 plantas. Desde la terraza del lugar se divisa toda la ciudad y, tengo que decirlo, la impresión fue fuerte.

Hoy, que cumplo el primer año acá no sabría que destacar, si acaso todo poco a poco. Desde la imposible búsqueda de un apartamento, hasta el placer de haber tenido unos magníficos compañeros de trabajo, pasando por las impresiones que me ha ido causando el país: la fuerza emotiva de sus playas, la fiereza de su selva, la indolencia de su gente, lo desorientador de su clima, la belleza de sus mujeres.

Lo que sí resalta por encima de todo es la amistad inquebrantable que he conseguido con determinadas personas. Amistad de la buena, de la sincera, de la que sabes que siempre puedes contar, de esa que ayuda a pasar las horas bajas como la muerte de un ser querido o la distancia de los que tú más quieres.

Viajes y fiestas han contribuído a eso. Desde las maravillosas y desconocidas playas de Morrocoy o Mochima, hasta las turísticas de la isla de Margarita y la de los fabulosos cayos en el archipiélago de Los Roques.

Un año que ha dado para encantarme y desencantarme con el trabajo de periodista y para disfrutar no sólo de este desconocido país, también para descubrir los encantos de Brasil, Trinidad, Argentina y Colombia, por citar algunos. Un año, que espero que no se acabe.

5.05.2010

Regresar

A menudo me preguntan cuándo voy a volver a España. Mi familia sobre todo, pero también los buenos amigos que he conocido en Venezuela. Más a menudo me dan ganas de ir a la agencia de viajes y hacer caso de una maldita vez a los cantos de sirena de mi madre cada vez que hablamos por teléfono. Muy a menudo lo pienso, agarro el pasaporte, busco la dirección, de la agencia, las llaves del apartamento y me quedo en la puerta de mi cuarto pensando qué coño estoy haciendo.

Ya ni recuerdo el tiempo que hace que estoy en este país, y apenas, el de la última vez que fui a una rueda de prensa. Al menos me queda esto para volcar las impresiones de un periodista freelance (por no decir desempleado) en esta maravilla de país.

¿Un poco pesimista? Sin duda, pero esas pocas fuerzas que quedaban para regresar a la "madre patria" se ven poco a poco reducidas a escombros por la situación en la lejana España: una tasa de paro desbocada, una liga de fútbol decepcionante y una crisis económica que vuelve a desperezarse.

Poco tiempo queda ya para que mi visa de turista vuelva a caducarse tras renovarla hace meses por segunda vez y las presiones desde la península se hacen casi insostenibles. Esperan una respuesta pero son lo suficientemente inteligentes y más para saber que no voy a volver.

Yo aquí me quedo, esperando la visita de mi hermana y anhelando la de mis padres, buscando temas para colocar en la prensa española. En la divertida e interesante Caracas, la "Sultana del Ávila". Me pierdo por sus calles sin pavimentar, por sus barrios, me monto en el Caprice Classic de mi amigo Lucas. Salgo a buscar algo intersante que contar. La esencia del periodismo.

4.02.2010

El pulmón cultural

No son las inexistentes bibliotecas públicas, ni los inaccesibles espectáculos en los teatros. Tampoco los "solos musicales" del presidente Chávez en cualquier momento de cualquiera de sus apariciones en televisión o radio. Ni las presentaciones en el Centro de estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. ¿Los museos? Ni hablar. El verdadero centro de la cultura en Caracas se encuentra bajo un puente: cientos de puestos con una infinidad de libros.

Situado en el centro - este de la megaurbe venezolana, el puente de las Fuerzas Armadas protege los puestos de libreros con más de 20 años ofreciendo cultura, al abrigo de la construcción de cemento.

Apiñados entre columna y columna se extienden las tiendas donde se pueden encontrar desde la última novedad editorial, hasta un libro para completar una vieja colección, pasando por cualquier tomo especializado en derecho, ingeniería o autoayuda.

Pero no solo de libros respira el pulmón. En uno de sus espacios se juntan los mayores del lugar para disputar partidas de ajedrez en cualquiera de sus formatos y, en un de las esquinas del puente, se puede intentar encontrar un disco de vinilo deseado entre las cientos de cajas que se apilan y sobrepasan la paciencia de cualquier megalómano.

Al aire hay que sumarle además el olor de las frutas y verduras que ofrecen los vendedores utilizando diversas artimañas para destacarse entre la mucha competencia.

Aún hay más olores que se mezclan: el de los mendigos que acompañan, el del humo del intenso tráfico que rodea toda las instalaciones y el clásico a orines de todo lugar un poco privado. Años llevan los libreros quejándose de la situación así como de los múltiples robos sufridos al estar en una zona de la ciudad "no muy recomendable" a partir de determinada hora.

Parece mentira que el presidente, tan leído y proclive a regalar libros, no se haya enterado aún de que el pulmon de la capital se ahoga.

3.23.2010

Desaparecido

No está. Hoy desperté y abrí la ventana como un día más pero ya no nos acompañaba. El Ávila, la montaña que resguarda a Caracas, que la defiende de los cálidos vientos del mar Caribe se había marchado, como el populoso barrio de Petare y el obelisco de la plaza Altamira. Nada se veía desde mi atalaya del piso 11.

El monte arde, y una espesa neblina invade la ciudad. Son ya tres días de fuegos incesantes en diversos puntos del gigante rocoso. Los helicópteros van y vienen, las luces de los bomberos se vislumbran por la autopista de la cota mil pero el viento no descansa, inclemente.

Y la ciudad se ahoga, el país está seco. Los cortes de agua se dividen por zonas y por días desde hace meses y las lluvías no llegan. Esa bendición que reviviría el monte, sus laderas, a sus inquilinos.

Tres días después, el viento castiga a Caracas y lanza sobre la gran urbe los despojos de su ataque: pequeños trozos de hojas quemadas entran por las ventanas de mi casa, el olor del castigo infligido se esparce por todos lados, la visibilidad, difícil.

Sólo cabe esperar que Eolo se apiade de todos. Caracas necesita su norte.

2.09.2010

Chávez Superstar

Otro medio más ha caído en las manos del presidente venezolano. Mas que en las manos, en sus cuerdas vocales. Por si no había suficiente con los programas en la televisión y los artículos en prensa, Hugo Chávez inauguró el pasado lunes su propio espacio de radio.

"De repente con Chávez" es una forma más del presidente caribeño de acercarse a la población y hacerle la guerra a los "medios privados de la oligarquía" como no hace más que repetir. La guerra, no sabemos si la está ganando o no pero, en los anteriores seis meses ha conseguido retirar la licencia a más de 200 emisoras y casi medio centenar de televisiones que no entregaron a tiempo los documentos requeridos por el gobierno.

Entre las licencias de televisión se encontraba polémica retirada de Radio Caracas Televisión (RCTV), que se despidió en un primer momento de sus emisiones en el ámbito público y se fue al privado o de pago. Fue retirada también su licencia la semana pasada al "no emitir un 70 por ciento de programación venezolana, así como los mensajes del presidente".

Porque sí, acá en Venezuela todos los canales y emisoras de radio públicos y los que tienen una mayoría de capital venezolano, estén o no en este ámbito, tienen la obligación de "ceder" al presidente su espacio de emisión cuando desee hacer cualquier tipo de declaración que el estime que sea de interés.

Y Chávez aparece siempre que puede. No basta con su programa "Aló Presidente Teórico", que suele ser los jueves y el "Aló Presidente" ya clásico (va por los 351 programas con una media de duración de seis horas, según datos facilitados por la prensa) de los domingos. Ni con "Las Líneas de Chávez", sus reflexiones escritas, que se publican semanalmente en periódicos de ámbito regional por todo el país. Ahora, el mandatario, también en la radio: "Cuando ustedes oigan un golpe de arpa tramado, pudiera ser De Repente Chávez".

2.01.2010

Más madera

El presidente venezolano Hugo Chávez se ha tenido que rendir a la evidencia, cosa extraña en él, y acaba de crear un fondo de, nada más y nada menos, 1.000 millones de dólares para reducir el déficit eléctrico propiciado por la sequía que azota el país.

Por la sequía sí, ya que Venezuela crea, según datos facilitados por los medios, un 72 por ciento de su energía a través de plantas hidroeléctricas, con lo que las pocas precipitaciones registradas durante el periodo de las lluvias (mayo-octubre) ha propiciado un descenso alarmante en los embalses y por tanto, problemas con el suministro de energía.

Semanas atrás, el mandatario venezolano explicó en televisión que la falta de lluvias esta temporada era debida a los efectos climáticos que provoca "El Niño". Según el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Industrias Intermedias venezolano, este fenómeno, que se produce en el océano Pacífico, "trae consigo sequías e inundaciones de gran magnitud", y añade más adelante que "territorios del interior que habitualmente se caracterizan por su humedad, entran en un periodo de sequía; en tanto el desierto florece debido a las precipitaciones". Venezuela, parece, se está llevando la primera parte de todo esto.

Puede ser que la culpa de todo la tenga la naturaleza a la que tantos "favores" le hacemos. Sería la explicación más fácil y que menos crédito político le costaría al presidente venezolano. Pero no es así. Lo cierto es que el gobierno de Hugo Chávez apenas ha invertido un sólo bolívar en la construcción y mejora del mísero sistema eléctrico.

Un amigo, trabajador en una empresa estatal de suministro eléctrico, siempre saca el mismo problema en las tertulias: la pérdida desde que se produce la energía, hasta que llega a su lugar de destino. Diez, casi once años de revolución bolivariana no han sido suficientes para mejorar una de las peticiones básicas de la población.

A raíz de la perdida de capacidad productiva, el gobierno decidió realizar un crónograma el mes pasado para informar a las poblaciones de cuando se les sería racionada la electricidad. Una medida altamente impopular que obligó a Chávez a retirar dichos cortes en Caracas y que tuvo como resultado la dimisión del ministro de Energía Eléctrica, Ángel Rodriguez.

Sólo se retiró la medida en la capital. Pero para el resto del país no es nada nuevo la falta de energía a lo largo del día. El plan pretende ahorrar un 20 por ciento de energía e incluye medidas fiscales para para promover el ahorro en las urbanizaciones, organismos públicos y reducción de horarios en los centros comerciales.

En este último caso, es difícil contabilizar si cerrar por el plan de ahorro energético compensa las pérdidas económicas que provocan a las tiendas.

Paradójicamente, el quinto país exportador de petróleo del mundo, tiene un déficit grave en este campo. Expertos y oposición chavista argumentan que es "debido a la falta de inversión y a la mala gestión oficial".

El fondo aprobado por Chávez financiará de 59 proyectos de generación y distribución y 50 de operación y mantenimiento en el ala energética y "abre la posibilidad de aumentar en 5.000 megavatios la producción de 4.000 ya existentes para 2010", según recoge la prensa.

Sin embargo contrasta con los cálculos realizados por los expertos, que estiman que la inversión debería ser de 18.000 millones de dólares hasta el año 2014 debido al crecimiento de la demanda del país, que oscila entre un 6 y un 8 por ciento anual.

Veremos lo que ocurre en un país que, actualmente, es el que mayor consumo eléctrico per cápita tiene en la región suramericana duplicando, por ejemplo, a su vecina Colombia. De momento, lleva un par de días chispeando.

1.30.2010

LA FINAL

Así, con mayúsculas, se ha de escribir el enfrentamiento entre los Leones del Caracas y los Navegantes de Magallanes en la gran final de la Liga Venezolana de Beisbol. En los 53 años de edad que ya tiene el "juego de pelota" en el país caribeño, sólo en tres ocasiones, incluída ésta, se habían enfrentado los dos equipos con más seguidores y mejores jugadores de Venezuela. La victoría siempre favoreció a los "magallaneros".

Pero este año no fue así. En una final disputada al mejor de siete partidos, los capitalinos vencieron por 4-3 despúes de remontar una desventaja de 3-1 y con el factor cancha en contra. Casi nada.

El beisbol es un deporte con una "fanaticada" insuperable en este país. A pesar de que la competición dura tan solo cuatro meses y está compuesta por ocho equipos, la gente se desplaza en masa a disfrutar de las cerca de cuatro horas de promedia que suele durar cada juego.

Y no solo los espectadores. Muchos de los jugadores venezolanos que participan en las Grandes Ligas, como llaman al torneo estadounidense, piden permiso y vuelven a su país para reforzar las plantillas de los equipos. Pago de seguros de su propio bolsillo, viajes, amenazas de los equipos norteamericanos. Nada les frena a la hora de tomar el camino a casa. Menos si existe la posibilidad de jugar una final Caracas - Magallanes.

Pero es que acá la visión del deporte, y de éste en particular, es bastante distinta de lo que un europeo como yo se imaginaba. Franela, gorra, insultos clásicos, perros calientes y cerveza, mucha cerveza, con alcohol. Ahí está la diferencia. En Venezuela no está proihibido vender alcohol en los estadios. La razón es bien sencilla, empresas Polar, uno de los principales patrocinadores de la liga y de todos los deportes en este país, vende cerveza. Y no puedes morder la mano que te da de comer.

Yo no estoy en contra de esta prohibición, pero después de haber "sufrido" sus efectos en alguna que otra visita al Estadio Universitario de Caracas no comparto la idea de alcohol igual a violencia. Puede parecer algo incivilizado pero, poniendo a un lado el lanzamiento clásico de los vasos (deshechables de coca - cola) y las cotufas (palomitas) al final de cada encuentro, el comportamiento de la afición es de lo más saludable. En una de las ciudades con un índice de inseguridad y asesinatos, más altos del mundo.

Tod esto se ha podido observar durante estas series finales en las que se impusieron los caraquistas: el peor comportamiento no vino por parte de los espectadores, fue el de los jugadores que más de una vez se liaron a golpes por alguna decisión arbitral o gesto despectivo del rival. El público, nada.

El juego, el último, fue aburrido como lo suelen ser todos y encima, los visitantes se pasearon por el José Bernardo Pérez de la ciudad de Valencia para un resultado final de siete carreras a dos. Muchas para un partido, y más para una final.

Yo lo "disfruté" en una casa con un nutrido grupo de venezolanos que, a la hora, ya estaban echando pestes sobre lo aburrido que es este deporte. "Nosotros lo soportamos porque lo vemos desde que somos unos chamos (niños)", afirmó uno de ellos, ataviado con toda su equipación de los Leones. "Antes de venir a Venezuela, para mí, este era el deporte más aburrido del mundo", agregué yo.

Menos mal que, a falta solo de tres hombres para que se cerrase el turno de bateo, el juego, la serie y la temporada, la luz se fue del campo de los Navegantes. "¡Eso es Chávez que es magallanero!" gritó uno. Éste y los cortes de luz y agua, son tema para otra entrada.

1.26.2010

Resumen

Hace ya más de siete meses que llegué a la capital venezolana y ahora empieza la bueno. Tras seis meses trabajando en la corresponsalía de la Agencia Efe en el país comienza la dura tarea de encontrar un trabajo. No, no me contrataron en la delegación, pero la experiencia fue muy enriquecedora. Grandes profesionales y mejores personas que me enseñaron todo y más y, sobre todo, el intríngulis de un país tan diverso como es Venezuela.

Al llegar en el lejano mes de junio del año pasado, con todas las reservas y advertencias de mi madre, lo que más me sorprendió fue la facilidad que tenían los venezolanos para ofrecerme bolívares, la moneda del país, por dólares o euros ya en el mismo aeropuerto. "No cambies dinero allí ni hagas caso de nada de lo que te puedan decir" me avisó Paula, la que sería mi compañera durante esos seis meses de aprendizaje.

La subida desde el Aeropuerto Internacional de Miaquetía fue impresionante: decenas de carros americanos de los 70 nos pasaban a velocidades de vértigo por izquierda, derecha y el hombrillo (arcén) por una carretera que, de no saber que estaba en Venezuela, hubiese relacionado con alguna de Irak o Afganistán debido a la cantidad de agujeros que la salpicaban.

La entrada en Caracas no fue menos impactante. La ciudad tanto por su parte oeste, por donde se entra del aeropuerto, como la este, está desbordada por los barrios (como llaman acá a las favelas) y por un tráfico infernal. Los precios de la gasolina subvencionada por el gobierno chavista no facilita en nada la fluidez en las carreteras.

El resto coser y cantar. Los venezolanos son accesibles y amigables desde el primer momento. Como dice un gran amigo mío venezolano "lo importante es que vean que tú les das lo mismo que recibes. Así jamás te decepcionará un venezolano". Ninguno, de momento, lo ha hecho.

Han sido siete meses de descubrir las playas más bellas que jamás haya visto, del cuba libre más sabroso que mi gaznate se ha tragado, de Chávez, su revolución bolivariana, sus cortes de agua y luz y sus amenazas contra todos, de terrible calor, de devaluación del bolívar, de venezolanas bailando salsa, de viajes por suramérica visitando a grandes amigos y de una gran experiencia profesional en la delegación de la Agencia EFE.

No me quejo. De momento, me quedo.